# que nazcan cosas nuevas

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A la Plaza Islas Malvinas de la ciudad de Tres Arroyos no se le puede dar la vuelta a la manzana. No se le puede dar una vuelta completa si –claro– uno encara en auto para ese rincón de la estricta cuadrícula emplazada en lo que fue alguna vez, no hace tanto, el Fortín Benito Machado. Pero es cierto que caminando o en bicicleta o en moto se logra llegar por todos los puntos y a la misma vez. Casi que inevitablemente las gentes van cayendo del norte, del centro y la van invadiendo para quedarse en ella, para apropiársela, para reconocer una conquista primera.

A la Plaza Islas Malvinas de la ciudad de Tres Arroyos se la va invadiendo de a poco y, aunque parezca mentira, no se le puede dar la vuelta. No se la puede rodear, no se la puede terminar de atrapar. Si un patrullero, por poner un ejemplo, divisa algo desde una de las esquinas y pretende atrapar a su presa ubicada en la esquina opuesta, inevitablemente tendrá que hacer algo ilegal o, en todo caso, deberán los tripulantes desembarcar en las praderas verdes y parejas para ir tras su motín. Eso es lo que tienen que hacer los polizontes si pretendieran, por caso, resolver una inevitable interrupción del orden que preexiste en la Plaza Islas Malvinas de la ciudad de Tres Arroyos.

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Son las cinco de la tarde y el sol de otoño deja doradas las caras y las ropas de un grupo de pibxs que se van uniendo a una ronda uniforme. De a ratos se desprenden ciertas células y hacen rancho aparte. Algunxs caen en playeras hechas cuero y la mayoría cuelga auriculares blancos rojos negros en sus cuellos. Tiene trece catorce veinte años y andan despacio. Lentos. No se escuchan gritos ni risas exageradas, es como un murmullo permanente que los rodea.

Abriéndose a la posibilidad de la improvisación, tres pibes encapuchados, con los pantalones nuevos rotos, payan. El más joven tira unos beatbox y los otros dos se carean para despertar las palabras y las rimas. Andan quizás retocando esas frases que vienen masticando desde hace un tiempo y que hoy, si las circunstancias se lo permiten, serán la piña puesta en la batalla que los acomode en la competencia que se viene desarrollando desde principio de año.

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El Alva está exultante, manija. Tiene todo ordenado en su cabeza o eso parece. Viene y va saludando con la sonrisa puesta en el alma. Viste la casaca blanca de Dwyane Tyrone Wade, de los Miami Heat, con su número tres en vivos celestes y rosas. Pantaloncito negro, zapas negras y un barbijo que se cae y se lo vuelve a ubicar en la trompa. “Tenemos alrededor de catorce competidores anotados, estamos esperando que lleguen algunas más así arrancamos, porque el ambiente ya se prende y estamos a pleno”, dice moviéndose para atrás y para adelante. Golpea las manos cuando habla y mira para todos lados, todo el tiempo. “Estamos re zarpados porque vamos a estrenar un nuevo point, un nuevo lugar para ir a competir. Un lugar que los pibes de la CSR descubrieron, que nos pasaron la data”, sigue hablando ante la mirada atenta de El Chure y sin decirlo al principio, termina confesando que la próxima nos vemos en el Parque Cabañas, que está cerrado, que vamos a saltar el alambrado, que se manejen.

El Chure ahora se ríe. También es parte de la organización, no tiene más de veinte años. Llegó puntual y fue quien anotó a los competidores, el que armó las listas, el que ofició de anfitrión. “Ésta va a ser alta fecha, guacho”, dice envuelto en un buzo violeta, blanco y negro, diez talles más grandes, con el número ochenta y dos en el pecho. Alto compañero El Chure que va detrás de las palabras de El Alva, que quiere seguir diciendo lo importante que es pisar fuerte en el parque. “En el parque se va a poner picante porque aparte es un lugar en el que se han hecho competencias, incluso El Tincho armó una pero después nunca más se volvió a utilizar el lugar. Es para nosotros un desafío”.

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Después es una palabra que, en principio, puede percibirse insignificante en este contexto o en cualquiera. Se puede desarmar en las manos, puede apenas comportarse como un conector variable y modificable. Pero después ya es otra cosa. Porque El Alva dio dos conceptos al pasar, dos definiciones fuertes. Dijo “El Tincho” y dijo “pero después”.

El Tincho es Jonathan Martin Vidal, rapero. Un pibe que vino de afuera y se hizo parte fundamental del movimiento musical de la ciudad. Armó, jugó y fogoneó la rima y las batallas en las plazas de Tres Arroyos. El 27 de junio, alrededor de las 6.30 de la mañana, perdió la vida tras protagonizar un accidente de tránsito en la Ruta Nacional N°3 y la calle Laprida. Iba en una moto Brava 110 cc, que colicionó contra un Volkswagen Bora negro, conducido por un vecino de la ciudad. Tenía veintidós años.

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A las 17.45 ya todo es una ronda. Dentro de la fuente central -sin agua- de la Plaza Islas Malvinas de la ciudad de Tres Arroyos, se apresta la pibada. Son cuarenta, quizás cincuenta jóvenes que buscan un lugar para no perderse el momento de la competencia. Gorras, tatuajes, mochilas, vino en cartón y murmullo. Una piba se arrodilla apenas y termina de cortar una botella de plástico que ya se llena de algo que va mutando en violáceos, con hielo.

El Alva pega un salto y se ubica en el medio de la ronda, dos escalones abajo, dentro de la fuente. “Antes de arrancar les pido que se acomoden los barbijos, por favor, en punga. Por un tema de si llega a caer la policía, por un tema de seguridad y por un tema de salud, es un golazo”. La banda se rescata y, medio que al mismo tiempo, algunxs se acomodan el trapo que les tapa la trompa. Después habla de tablas de posiciones, premios y pasa a presentar al jurado integrado por tres fenómenos que son, literalmente, ovacionado.

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Lo que sigue es parte de la mística, de la rima, del sonido. Lo que sigue al inicio y el desarrollo tiene que ver con el compromiso con la palabra, la réplica y la justa coronación de un concepto encendido en el momento acorde. Es el aplauso y la conciencia del otro, de la otra, en el desenlace final de un punto aparte. Es el destino poético de hombres y mujeres que se enfrentan para desarmarse en la cara, fece to face, una frase letal que haga vibrar a la masa y ubique en el universo de los nervios al oponente.

Lxs competidorxs se someten a la posibilidad de lo imposible. Se sumergen en los laberintos de sus pensamientos para irradiar algo nuevo, que hasta ellos mismos desconocen. Ahí está el tridente de jurado y El Alva levantando el ambiente. Ahí están los pibes y las pibas esperando ese destello de brillantez líricas que quizás explote hoy, de una vez y para siempre.

Cuando llaman a su turno, llegan al centro de la ronda lxs raperxs con una concentración absoluta. Miradas en el suelo hasta que comienza la batalla. Después se penetran los ojos, se avanzan, se agitan los brazos, se insultan. Los jurados observan, se ríen, aplauden. El público caldea el espacio a medida que lxs competidorxs van encontrando las palabras exacta. Se los ve apasionadxs, nerviosxs, futuro. Se los ve rodeando la posibilidad de un mundo propio, sin límites impuestos y con un respeto admirable.

Cuando van finalizando las batallas, se perciben los ganadorxs, se ven derrotadxs los que no lograron enganchar una frase, a los que se les trabó la lengua. El jurado jura y ellxs se abrazan, se festejan, se felicitan, se quieren.

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Pero después parece algo permanente, parece rodearlo todo cuando de pibes y pibas se trata. Cuando se trata de la orilla, del borde. Cuando se trata de lo extra oficial, del barro y los márgenes. Pero después es lo que nos reencuentra con el mundo hostil y miserable al que deben enfrentarse estxs poetas de la calle.

A mediados de marzo de este año, en el Balneario Reta, perteneciente al partido de Tres Arroyos, un grupo de jóvenes artistas pintó un mural con la figura de El Tincho en la plaza principal. La plaza principal, de una de las tres playas del distrito, es un verdadero espanto. Ese mural pretendía homenajear al joven fallecido el año pasado.

El Delegado de Reta, Oscar Toledo, entendiendo que el hecho era un claro acto de vandalismo, lo cubrió con pintura blanca al día siguiente. Las jóvenes encargadas de la obra de arte solicitaron una entrevista con Toledo que grabaron y difundieron a los medios locales. “Faloperas de mierda, tienen la cabeza quemada”, fueron solo algunos de los adjetivos del funcionario público para con lxs artistas, que justificó una y otra vez. “Solo graban lo que les conviene. Yo estoy tranquilo porque conozco a esta gente, son un grupo que cada vez se está haciendo más grande y creo que habría que tener un poquito más de cuidado. Se los dije y se los voy a seguir diciendo”.

Pero después, esta vez es un después distinto. Bajo una fuerte organización, raperos de la ciudad y de la playa y artistas, volvieron a las plazas para hacer música y para darle todos los colores y la sonrisa de El Tincho a ese mural necesario. Entonces, ahora sí, Oscar Toledo se vio obligado a entregar su renuncia, que fue aceptada.

Ante la noticia publicada en el diario local, todavía se lee el comentario de un tal Marcelo que reza: “Yo lo taparía con un mural de Videla, así se asusta tanto zurdaje que invadió Reta. Con razón tantas casas y lotes, se convirtió en un pueblo de mierda ya”.

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Hay cosas a las que no se les puede dar ni una vuelta. Es como si acaso fuesen así o se hubieran ido haciendo así. No se le puede dar una vuelta manzana a la Plaza Islas Malvinas de la ciudad de Tres Arroyos, por ejemplo. Plaza que homenajea en un monumento -no mural- a nuestros héroes de Malvinas Hugo Belón, José Luis Gómez, Mario Lelmini, Carlos Muelas, Roberto Reducindo, Jorge Carrizo, José Luis Minor, Juan Luis Van Waarde, Marcelo Capriata, Héctor Calleri, Mauricio García, Luis Alvarado, Carlos Melo y Héctor Volponi.

Pero hay cosas a las que se les pueden dar cientos de vueltas, de atrás para adelante, desde los costados, con un abrazo, con una seña, con un aplauso en la espalda, con una mueca de certeza. A esa ronda que se convocó en una fuente sin agua para tirar rimas en tribu, se le pueden dar infinitas vueltas. Porque esa ronda rueda, va girando. Va desembarcando en las plazas y los parques, se va ensanchando.

Y lxs pibxs se van haciendo más grandes, van saliendo del nido. Algunxs ya se fueron a otras ciudades, cosa bien característica del pago chico. Y van llevando a esos nuevos terruños el recuerdo y el flow, la selfie y alguna rima mal grabada, el encanto de la convicción de estar haciendo historia por un rato.

El Alva, de reojo, ve pasar un patrullero que esta vez no se detuvo y que, muy a su pesar, no podrá dar la vuelta a la manzana para ver en qué anda la pibada. Ve también que se va cerrando la noche, que las luces son tenues, que ya se terminaron las batallas, que está haciendo frío. Se despide prometiendo una próxima juntada y se queda hablando con El Chure, tranquilos ambos, satisfechos, gloriosos.

Diego Slagter

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